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" El Reino Mágico como Sódoma y Gomorra? "

 

"Disney, Southern Baptists, & Children’s Culture:
The
Magic Kingdom as Sodom and Gomorrah?"
(online at http://www.zmag.org/ZMag/articles/Girouxsept97.htm).

 

En Junio, la Convención de Baptistas del Sur, llamó la atención de los medios al pedir boicotear a la Disney Company por promover “ideologías inmorales como la homosexualidad.” Estaban enojados porque Disney sponsorea “Días Gays” en sus parques temáticos, proporciona beneficios de salud a los compañeros de los empleados gays, y publica libros acerca de crecer siendo gay. De acuerdo con Herb Hiliger, un vocero de la convención, la gota que rebalsó el vaso ocurrió en Abril cuando el personaje principal de la sitcom Elle, tuvo la audacia de anunciar que era lesbiana en ABC, propiedad de Disney.

Los Baptistas no se equivocaban al pensar que algo malo ocurría con la imagen de Disney como un icono de infancia limpia y sano entretenimiento familiar. Desafortunadamente, fallaban al intentar desmantelar la imagen diáfana de inocencia y buena fe que posee. El ataque sobre las políticas pro gays sugieren no sólo cuan grandes son los ataques del ala derecha en este país, sino además cómo la políticas pro gay, en este caso, han sido apropiadas para reforzar la identidad corporativa de Disney como modelo de responsabilidad social y cívica. Contra las demandas homofóbicas y retrógradas de los Baptistas, la tierra del Reino Mágico, parece actualmente progresista – incluso cuando fue uno de los últimos estudios en extender los beneficios de salud a compañeros del mismo sexo. Disney no debe ser condenado porque rechaza apoyar prácticas homofóbicas en su prgramación televisiva y sus operaciones de trabajo, sino porque su pretendida inocencia esconde una fuerza cultural poderosa y un monolito corporativo – En palabras de Eric Smoodin “una clase de Autoridad del Valle de Tennessee de entretenimiento y ocio” – que cosifica la cultura, sanitariza la memoria histórica, y construye la identidad infantil en el interior de la ideología del consumismo.

Lejos de ser un modelo de liderazgo civil y de responsabilidad social, Disney monopoliza el poder de los medios de comunicación, limita la libre circulación de la información, e impide los debates públicos importantes. Corporativiza de esta manera el espacio público y limita a la expresión y opciones públicas. Disney no tiene poder para lanzar ejércitos, desmantelar el estado de bienestar, o eliminar los programas básicos para los niños. Por el contrario, su influencia es más persuasiva y sutil en su habilidad para formar la conciencia pública a partir de su propia imagen a través de su enorme imperio económico y poder cultural. Michael Orvitz, ejecutivo de Disney, estaba en lo cierto cuando afirmó que no es una compañía sino un “estado de la nación” ejercitando su vasta influencia sobre las constituciones global. Influenciando muchas partes de la vida cultural, aparece en el puesto 48 del ranking Forbes 500 y controla la cadena ABC de Noticias, numerosas estaciones de tv y de cable, cinco estudios fílmicos, 429 tiendas de productos, compañías de multimedia, y dos casas de publicidad de las más importantes. En 1996, obtuvo ganancias record por 21 billones de dólares por todo concepto. No contento con sostener ideologías conservadoras, provee prototipos para desarrollar la cultura y civilidad de América, incluyendo un modelo de ciudad apta llamado “Celebración”, un prototipo de sistema escolar, y el instituto Disney donde ofrece a los intelectuales curiosas vacaciones organizadas alrededor del aprendizaje de habilidades educacionales en jardinería, producción de radio y televisión, estudios de cine, y un amplio rango de actividades en programas de entrenamiento físico y clases de cocina.

Como uno los conglomerados más poderosos de medios de comunicación del mundo, trabaja incansablemente para promover homogeneidad cultural y conformidad política mientras lleva adelante una batallas contra aquellos individuos y grupos que creen central para la vida pública democrática la democratización de las instituciones culturales, incluyendo los medios masivos de comunicación. Extravagantes películas animadas, parques temáticos, y la “Disneificación” de la calle 42 Oeste pueden tener un valor educativo ciertamente, pero no pueden ser usados como defensa para que Disney sostenga su mensaje e imagen comerciales, su censura sobre opiniones impopulares y el disenso, o su implacable corporatización del discurso cívico –que minan la vida cultural y política de una sociedad democrática-.

El trato que Disney dispensa a la vida cívica deviene de su lugar como uno de las mayores industrias de comunicación, capaz de ejercer enorme daño por su poder corporativo y su influencia ideológica sobre vastos segmentos del paisaje cultural americano. En el Reino Mágico, la elección es el consumo, la justicia es pocas veces vista como el resultado de luchas sociales, y la historia es mostrada nostálgicamente en la benevolente y patriarcal imagen de Walt Disney. En el mundo animado de Disney, la monarquía remplaza a la democracia como forma de gobierno preferida, la gente de color es mostrada casi como bárbara o estúpida, y los personajes de Pocahontas o Megasus en Hércules mostrados como Kate Moss aniñadas que reafirman la peor clase de división de género y estereotipos.

Disney hace más que esparcir su cultura regresiva, aséptica y corporativa a través de todo Norteamérica y las esquinas más lejanas del globo. Sin pudor usa su compromiso con el sano entretenimiento para vender ropa y juguetes a los niños. Bajo el auto proclamado aparato de icono cultural de america descansa un poderoso aparato educacional que provee fantasías cargadas ideológicamente tanto para niños como para adultos. Los “Imagineers” de Disney tienen poco que ver con soñar con un mundo mejor, o incluso con comentar el mundo en que los niños actualmente habitan. Por el contrario, la fantasía de Disney no tiene base en la realidad, ningún sentido de conflictos reales, luchas, alegrías y relaciones sociales. La fantasía se convierte en parte del aparato de mercado, una forma publicidad desmedida enraizada en la lógica del propio interés y el consumo. La visión de Disney de los niños como consumidores tiene poco que ver con la inocencia, y en cambio mucho que ver con la codicia corporativa y la realización que detrás del vocabulario de diversión familiar y sano entretenimiento es la oportunidad para enseñarles a los niños que el pensamiento crítico y la acción civil son menos importantes que asumir el rol de consumidores pasivos. Ansiosos por alcanzar a los niños de menos de 12 años, “que aportan 17 billones por año en regalos e influencian ingresos por 172 $ más gastados por sus padres”, confían en los consultores como investigadores de marketing, James Mc Neal, para entrar en tal mercado. McNeal apenas puede contener su entusiasmo en apuntar a los niños como fértil mercado y argumenta en Los chicos como consumidores (Kids as Customers) que “el mundo está en el umbral de una nueva era en el marketing y que… estrategias multinacionales de marketing estandarizadas son viables alrededor de todo el globo”.

En su búsqueda por nuevos mercados y mayores ganancias, Disney de forma consistente e ingeniosa encuentra caminos para presentar sus filmes, parques temáticos, y ofertas de entretenimiento como objetos de consumo antes que como esferas para la participación. El arte en el Reino Mágico se convierte en un espectáculo diseñado para crear nuevos mercados, cosificar a la infancia, y proveer vehículos para comercializar su interminable colección de juguetes, ropa, accesorios caseros y otros productos. La habilidad de Disney para usar sus películas y otras formas de entretenimiento para chicos como plataforma de lanzamiento para una vasta colección de juguetes que puede ser vista en películas como El rey León, Pocahontas y más recientemente en Hércules, son usados como pretextos para convertir a J.C. Penny, ToysR Us, McDonald´s, y otros numerosos minoristas en locales de mercadeo de Disney. Pero el verdadero bombardeo comercial está centrado en su propia red de comercialización y distribución que incluye las tiendas (Disney Store), el canal de tv (Disney Channel), la revista (Disney Magazine), y los parques Disneyland y Walt Disney World.

Dada la atención de los medios en la explotación infantil y de jóvenes adultos – sobre el uso de elegantes heroínas en la industria de la moda, la sexualización de jóvenes chicas en el mundo de modelos poderosos, y la erotización en desfiles de niños de seis años- es sorprendente que haya tan pocas protestas sobre la ceñuda influencia que ejerce en los niños. Los Bautistas del Sur y el público en general aparecen indiferentes al rol de Disney en atar los deseos infantiles y sus necesidades a una interminable cadena de productos mientras los convencen de que el único espacio viable que queda en que experienciarse como agentes es en la sección de juguetes de Wal Mart o en los locales de Disney Store.

El rol de Disney como árbitro de la cultura infantil puede ser visto como algo abstracto cuando se expresa en estos términos, pero en la secuela del bombardeo promocional del nuevo film animado de Disney, Hércules, la mezcla de estrategia educacional y codicia me llegó con gran fuerza. Mis tres niños estaban viendo las noticias en televisión del desfile en Nueva Cork y estaban intimidados ante la extravagancia de Disney capaz de cubrir 30 cuadras y en cada una de las paradas mostrar pompa y espectáculo. Claro, no podían esperar ver la película, y ser los primeros en usar los pin de Hércules. “¿Pin? ¿Qué pin pregunté?” No había visto el aviso promocional con cuidado. Parecía que darían una función especial unas pocas semanas antes de su estreno general. Pero para obtener un ticket para la presentación especial, los padres debían concurrir a una tienda de Disney oficial para comprar una caja por 7 dólares que contenía un ticket, un pin para coleccionistas con uno de los personajes del film, un folleto, y un casete con la canción interpretada por Michael Bolton. Se habían asegurado que todos los niños, incluidos los míos, supieran que con la película venían el caudal inevitable de animales de peluche, figuras, lunchboxes, casetes de audio, video, y una cantidad de artefactos preparados para ser distribuidos por Mattel, Timex, Goleen Books, y otras productoras de cultura infantil.

Disney aparece ignominioso en su intento en convertir a Hércules, el héroe del film, en un comercial para vender. Una vez que Hércules se prueba a si mismo a través de una serie de hazañas de valor, lo convierte en un héroe de relaciones públicas con un nombre-marca comerciable para productos como zapatillas “Air Hercules ”, juguetes con su figura, y todos pueden ser comprados en una tienda similar sin vergüenza alguna a las tiendas Disney. Tom Schumacher, ejecutivo de Disney, señala que la película es sobre construir el carácter, la cultura pop, y lo que significa ser una celebridad. El carácter en la tierra de los Imagineers de Walt Disney no parece tener nada que ver con la integridad. Hércules sugiere que la fábrica de sueños de Disney es menos un guardián de la inocencia infantil que una corporación predadora que ve la imaginación infantil como otro simple recurso para amasar ganancias.

¿Qué estrategias están abiertas para los educadores, padres, y otros que quieran desafiar a las corporaciones que forman cultura en los Estados Unidos? Primero, como corporación global, el poder económico y político de Disney debe ser reconocido por nosotros por el trato que tiene tanto con la cultura infantil como por la vida pública en general. Segundo, las batallas deben ser dadas para desmantelar su control y posesión de grandes segmentos de la industria de la comunicación. Críticos de Medios como Mark Crispin aciertan al argumentar que tales monopolios representan una toxina cultural y política y lo que sostienen debe ser roto a través de la creación de movimientos de difusión dedicados a una amplia variedad de estrategias, incluyendo campañas de anuncios públicos, educativos, de posición, y boicots que levanten la conciencia pública y promuevan legislación anti-corporativa dirigida a romper los monopolios mediáticos mientras promueven la democracia económica y cultural. En este caso, Disney debe ser desafiada por su esfuerzo en crear un espectro de estado de entretenimiento nacional y por ejercer su poder corporativo sin control en el interior de lo que Eyal Press llama “las injusticias de una economía global sin regulaciones.”

Tercero, el tiempo de desafiar el auto proclamado rol de Disney como medio de “puro entretenimiento” ha llegado y tomar seriamente su rol educacional para producir fantasías cargadas ideológicamente orientadas a enseñar a los chicos roles selectivos, valores, e ideales culturales definidos. Los educadores progresistas y otros trabajadores culturales necesitan prestar atención más de cerca de cómo las prácticas pedagógicas producidas y que circulan por Disney y otros medios masivos conglomerados organizan y controlan un circuito de poder que se extiende desde la producción de textos culturales hasta la formación de contextos en que podrán ser tomados por los niños y otros.

El intento de Disney para controlar el campo de los significados sociales para los niños provee un desafío particular para los progresistas en hacer visibles, los aparatos políticos, económicos, y educacionales que utiliza para producir textos culturales tanto como las prácticas pedagógicas que envuelve para hacer tales textos significativos para diversos grupos de niños y adultos. Hay aquí en juego la necesidad para todos aquellos preocupados por la democracia para comprometerse críticamente en cómo la pedagogía se convierte en algo central para las políticas culturales, y cómo compañías como Disney promueven diversas formas de pedagogía cultural como tipo de práctica política que a menudo trabaja para restringir las capacidades de los niños para pensar críticamente, moverse más allá de las fronteras del consumismo corporativo, y tomar seriamente sus roles como agentes sociales críticos.

Finalmente, como uno de los principales productores de cultura popular, las películas, programas de televisión, de radio, y otras formas de entretenimiento de Disney, deben convertirse en objetos serios de análisis crítico, comprensión, e intervención tanto dentro como fuera de las escuelas. Es un lugar común del conocimiento decir que la mayoría de lo que los estudiantes aprenden en la actualidad no lo hacen en las escuelas de educación pública, o en las aulas de educación superior, sino en las esferas mediáticas generadas electrónicamente. Consecuentemente, los estudiantes necesitan adquirir el conocimiento y habilidades para convertirse en alfabetizados en distintos tipos de textos culturales a los son expuestos. Esto no quiere sugerir que debemos tirar a la basura el canon de los estudios Disney, sino en cambio remodelar lo que los estudiantes aprenden en relación con sus identidades y cómo son conformadas fuera de la vida académica. Los estudiantes necesitan aprender literaturas múltiples y focalizarse en las esferas diversas de aprendizaje. El tema de lo que es conocimiento valioso no es reducible a los argumentos de guerra cultural que empañan el impregnan el academicismo. Tal vez las preguntas más interesantes apunten en otra dirección: ¿qué es lo que los estudiantes necesitan aprender para vivir en una democracia sustantiva, leer críticamente en las variadas esferas de la cultura, comprometerse con aquellas tradiciones críticas del pasado que continúan conformando cómo pensamos acerca del presente y el futuro, y comprometerse con textos múltiples por el saber que proveen u los mapas que nos ofrecen para vivir en un mundo multicultural, diverso y democrático?

Los estudiantes también necesitan aprender cómo producir sus propios diarios, grabaciones, programas televisivos, videos, y cualquier otra tecnología necesaria para unir el poder con el conocimiento, el placer con las demandas de la vida pública. Disney sufrió un golpe hace algunos años cuando sus intentos por crean un parque histórico en un sitio histórico de Virginia fue resistido con éxito por ciudadanos activos. Los Baptistas del Sur, a causa de sus propios prejuicios contra gays y lesbianas, fueron incapaces de ver que el daño real que Disney provoca no se da por satisfacer las demandas de estas comunidades, sino por sus imperativos de democracia y satisfacer sus propios intereses. Tal vez deban llevar a sus chicos a una tienda de Disney, pensarlo de nuevo, y tomar otro partido.

Translated by: Pablo Aiello